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Patricia, Jacqueline y Ofelia, solas pero por momentos acompañadas, tendrán que vérselas con el amor que no llega a ser y con el que languidece; con encontrarse a sí mismas y con el vacío que deja la pérdida. Pero lejos de dejarse abatir, cada una, a su tiempo, se animará a seguir adelante.

Patricia tiene poco más de treinta y un aire informal que la hace parecer más joven. Vive el día a día trabajando en la rotisería de unos amigos, Jacqueline y Juanca, y prefiere alquilar una habitación de pensión a vivir con sus padres. Sin pareja estable, la tiene a mal traer un amor que ya tiene su compromiso y la deja pendiente de un celular que no suena tanto como ella quisiera. A menudo se refugia en un par de auriculares como escapando a su propia resignación.

Al que pierde a su padre se le llama huérfano, al que pierde a su cónyuge se le llama viudo. ¿Cómo se le llama al que pierde a un hermano? A Ofelia, chiquita y de ochenta y pico, se le murió la hermana con la que vivió casi toda su vida y que dormía en la cama de al lado. Ahora le toca acostumbrarse a la vida sin ella y a no cruzar más a la rambla, porque sola no se anima. Ocupa sus tardes tomando mate dulce, atenta a quien la pueda sacar a pasear. Por la noches, escucha radio en su habitación de pensión mientras se pregunta por qué Dios no se la lleva de una buena vez, porque al fin y al cabo, para ser una carga…

¿Crisis de los cuarenta? ¿Crisis matrimonial? Por el motivo que sea, Jacqueline está en crisis, aunque todavía no termina de darse cuenta. Parecería que la incomprensión se ha instalado en su relación de pareja. Juanca no la entiende y Jacqueline no entiende por qué Juanca no la entiende. Por lo pronto, solo atina a destilar su desasosiego en comentarios mordaces mientras toma mate en la rambla con Patricia.

Entre el cielo luminoso de la primavera y la rambla montevideana, historias íntimas que reflejan un mundo pequeño y algo solitario pero capaz de albergar una buena dosis de humor.

Foto: Daniela Speranza

Foto: Daniela Speranza

 

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