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RECOMPENSA

Comencé a darle la bienvenida al público que estaba allí para ver Rambleras, en el Festival de Punta del Este, y creo que no pasé del clásico “Buenas noches, es un placer para mí…” que la voz comenzó a resquebrajárseme en forma precipitada. Sentía los ojos húmedos, la garganta apretada y un leve malestar de estómago, pero aun así sabía que tenía una sonrisa de oreja a oreja y, por suerte, luego de hacer una breve pausa recuperé un tono audible. Dije que muchos sabían cuán largo había sido el proceso pero que no iba a hablar de todo el esfuerzo que significa hacer cine por estas latitudes porque en realidad no debe interesar la historia detrás de la película sino la película en sí. Y que tampoco hablaría de lo que iban a ver porque creía que una película tiene que ser recibida por el público así tal cual, sin mayores explicaciones. Presenté a los actores que estaban allí, Vicky, Mario y Nicolás, y a parte del equipo,  Nelson y Sylvia, y comenzó la función.

La sala quedó a oscuras y comenzaron los cortos comerciales que se me hicieron eternos. En los primeros minutos de la peli no pude percibir en el público, bastante numeroso por cierto, nada en particular más que un silencio atento, si es que existe tal cosa, que me dejó un poquitín nerviosa. Es que había aventurado que  al inicio se diera algún momento risible pero no, se hizo esperar. Pero una vez ya instalados los personajes y las bases de sus conflictos la función comenzó a salpicarse de risitas por aquí y por allá, aunque también hubo algunas que me parecieron más de nervios que de otra cosa. Me dio la sensación de que el público la estaba disfrutando, y en ese momento sentí que se me recompensaba, de una de las maneras más lindas, toda la paciencia y perseverancia invertidas durante tanto tiempo. Me acordé de que hace unos meses, en el concierto que dio Buika en la Zitarrosa, me encontré con Diego, el asistente de dirección, y nos pusimos a charlar. Él quería saber cómo estaba y yo muy seria le decía que me preguntaba si valía la pena todo el tiempo y el esfuerzo dedicados. “¡Claro que sí!” decía él, muy entusiasta, mientras yo resoplaba bajito. Es que no me terminaba de convencer. Cuando el último plano fundió a negro, y junto con los créditos comenzaron los aplausos, la respuesta fue evidente: “sí, valió la pena”.

pantalla

DIEZ AÑOS

¿Cómo hacés para seguir interesada en esta historia, en esta película, con todo el tiempo que ha pasado? Durante los diez años que duró el proceso de Rambleras escuché esta pregunta una y otra vez. Sí, fueron diez años. En febrero del 2003 escribí el argumento, un poco debido al desempleo del momento y también por presentarme a la primera edición de las becas de Fundación Carolina, y el sábado que viene, 9 de marzo del 2013, Rambleras tendrá su primera presentación en público en el Festival de Punta del Este.
En el 2003, cuando me tocó improvisar, algo obligada y del todo desprevenida ya que fui la primera, una suerte de pitch frente a los consultores de la beca, dije que me interesaban “los misterios de la cotidianidad”, seguramente sin saber del todo a qué me refería. Pero sí, me atraían, y aún lo hacen, los conflictos íntimos, los problemas con los que cargamos, que podrán ser muy triviales a ojos ajenos pero que para cada uno es un mundo. En los años siguientes, se fueron alternando buenos y malos momentos; la obtención de unos cuantos fondos de financiación pero también, por ejemplo, enterarme, un lunes de noche por mail, de que el coproductor argentino se retiraba del proyecto, lo que hacía caer el aporte de ese país, y por el ende el fondo de coproducción de Ibermedia. Es decir, corríamos el riesgo de que nos tocara, como en los juegos de mesa, volver a la base y en pésimas condiciones. Mientras tanto yo seguía escribiendo y reescribiendo. Me daba la sensación de que eso mantendría “vivo” el proyecto y, para qué negarlo, también hacía catarsis personal. Tanto reescribí que entre la primera versión, de junio del 2003, y la que se rodó en el 2010, no había una página en común de las noventa y cinco que conforman el guión, curiosamente los personajes y las locaciones se mantuvieron. Pero, para ser franca, también hubo algún que otro período en el que el guión pasó guardado en un cajón por unos cuantos meses.
Ya cuando era un hecho el rodaje, aunque aún así se puede seguir estando muy lejos de terminar la película, tal como nos pasó, me impresionaba constatar durante los ensayos la soledad de los personajes. Los veía como muy solos, por más de que estuvieran rodeados de gente. Y me preocupaba hacer una película sobre la soledad, porque a decir verdad no parece ser un tema que atraiga a mucho público. También me daba cuenta que seguramente esa soledad que veía era la mía propia, con la que me tocaba lidiar.
Unos meses después del rodaje, todavía en el 2010, comenzamos el montaje, lo que en general se suele hacer inmediatamente después o aun sin haber terminado de rodar. No eran disparatadas las esperanzas de estrenar en el 2011, pero no pudo ser. Por diversas razones, tuvimos que esperar dos años para poder hacer la corrección de luz y la mezcla de audio, y la película recién se terminó en enero del 2013.
Cuando estaba en Buenos Aires viendo la proyección, al terminar la mezcla de audio, no podía dejar de pensar en cuánto había cambiado mi vida en estos años, más allá de seguir viviendo y trabajando en los mismos lugares. Estuve desempleada, viajé un poco, me hice vegetariana, trabajé en el exterior un par de años, mi padre falleció de cáncer, me acerqué al budismo, comencé a hacer biodanza, mi madre enfermó de Alzheimer, me dejé las canas (que cualquier mujer que se haya teñido durante más de quince años sabe que equivale poco menos que a un salto al vacío) y conocí a mi amor; todo más o menos en orden cronológico.
Ahora ya no veo tanta soledad en los personajes sino una gran interdependencia, como nos pasa a todos. A veces podemos fantasear con llevar a cabo grandes hechos que impacten en forma positiva en la vida de los otros, pero solemos olvidarnos de que cada acción que emprendemos, por aparentemente trivial que parezca, cada palabra que decimos, impacta en nuestro entorno. Y así es que, en la película, una discusión con Patricia, hace que Ofelia tome una determinación algo drástica. Al ver esto, Patricia en cierta forma se replantea lo que está haciendo y, aparte de tomar una decisión bastante sana para ella, le pone un límite a Jacqueline. Y de alguna forma esta confrontación influye en que Jacqueline opte por un camino más autónomo, que a su vez repercutirá en Juanca, y así y así.
La respuesta a la pregunta inicial es que las historias, las películas, no son estáticas, cambian como cambiamos nosotros, y dependen de nuestra mirada. La película que veo hoy me satisface mucho. En realidad, aún con distintas miradas, siempre me interesó; aunque debo decir que, a lo largo de diez años, por momentos se me desdibujó. Ojalá que la gente que el sábado vea Rambleras pueda ver algo parecido a lo que veo yo.

MANOS, BRAZOS Y ABRAZOS

Nos dábamos con Damián un abrazo apretado mientras Yvonne, sonriente, decía: “Che, pero se están despidiendo como si nunca más se fueran ver”. “Te voy a extrañar – me dijo Damián, entre risas – la semana que viene te llamo para charlar”. Yo también me reí. “Muchas gracias por todo” fue lo único que me salió. Le di otro abrazo, más corto, más formal y salí corriendo porque llegaba tarde a buscar a mi mamá y porque me daba cuenta que el momento no me estaba resultando fácil. Fui hasta la calle Buenos Aires y me tomé el primer ómnibus que pasó, un 116. Cuando me senté junto a la ventanilla seguía sintiendo la garganta apretada, mucho. Traté de relajarme recorriendo con la vista la fachada del Teatro Solis pero no hubo caso, seguía emocionada. Se había terminado el montaje de Rambleras. Más de dos meses de largas jornadas compartidas con Damián, trabajando a partir de las preguntas que plantea esta y toda película: ¿qué es lo más importante acá? ¿de qué trata esta escena? ¿qué datos, que hacen avanzar la narración, hay que destacar? ¿cuál es la transacción emocional que tiene que quedar bien clara? ¿en qué punto de la estructura estamos? Por suerte desde un principio, gracias a unos cuantos almuerzos compartidos, pudimos sintonizar y sincronizar, con Damián, en relación a la película que yo quería contar. El resto fue trabajo y más trabajo para intentar lograr eso. El resultado ya se verá.

Estos días volví a pensar en esas imágenes que asocio con los tres momentos en el proceso de una película que inciden directamente en la estructura: guión, rodaje y montaje. El guión, al menos en mi caso, ha sido como el viaje en solitario de un navegante. No digo que di la vuelta al mundo, pero casi. Más de una vez me encontré varada en medio del océano sin saber en qué dirección continuar. Pero más de una vez también di con algún barco amigo que me supo ayudar. En cambio, el rodaje se ha parecido más a una excursión en ómnibus de un mes, en el que no pueden fallar ni la buena comunicación ni las normas de convivencia. Sentí cada nueva locación como un nueva ciudad a la que visitar. El montaje, entonces, ha sido como un viaje en auto por una larga carretera, con tramos en muy buen estado y otros no tanto, y en el que conductor y acompañante intercambian roles de a ratos para hacer el viaje más llevadero. Otras comparaciones que me divierten son pensar en la etapa de guión como un monólogo, la del rodaje como una mezcla de conferencia con asamblea (en realidad, cuando surge la asamblea es señal de que algo anda mal) y el montaje como un diálogo.  A pesar de lo diferentes que son estas tres etapas, me cuesta decidir cuál me gusta más. Cada una tiene sus desafíos particulares pero también su propio sabor. Es raro, pero me pone un poco triste que se haya terminado el montaje (aunque siempre se puede hacer algún que otro ajuste, es verdad, y todavía falta el montaje de sonido y postproducción), raro porque quién no quisiera terminar la película cuánto antes. Pero una vez que Rambleras esté terminada, ya no estará más entre mis brazos. Creo que por eso fue que ya empecé a escribir otro proyecto, para no sentir la tristeza de tener las manos vacías.

ACOLCHADO

Esta ha sido una semana rara, previsiblemente rara. No más despertarse a las seis de la mañana, no más almorzar con veinte personas a una hora preestablecida, no más noches de cinco o seis horas de sueño. Siento falta de la vida dirigida, de que me digan cada treinta minutos qué vamos a estar haciendo a continuación. De pronto el día se me ha hecho eterno y salir de debajo del acolchado es todo un esfuerzo. Pero siento que mi cara ha vuelto a ser mi cara. Poco a poco voy recuperándome de la erosión del cansancio en todo mi cuerpo.
He visto casi todo el material filmado, y si no lo he visto por completo seguro que ha sido por algún tipo de resistencia, porque a disposición lo tengo. Ayer pensaba en eso. Vengo demorando el sentarme a ver los últimos planos que rodamos. Tal vez por que eso sería constatar definitivamente que la película ya se filmó.
En los últimos días varias imágenes del rodaje me han pasado por la cabeza, Continuar leyendo »

PAZ

Eran las ocho de la mañana del domingo y el barrio estaba más que tranquilo. Varios estábamos desayunando de pie, en la vereda, alrededor de una mesita donde estaban los termos con café, agua, jarras con leche y canastitas con bizcochos. En la vereda de enfrente, los eléctricos iban avanzando con las luces. Un inspector de tránsito llegó en su moto y, con cara de pedir indicaciones, dijo: “Este es mi primer día en un rodaje. No sé muy bien qué tengo que hacer”. “Bajate y vení a tomar un café con nosotros” le dijo Mirtha. Y él obedeció. Tal vez fue mi imaginación pero vi en el semblante sonriente del inspector, mientras iba por su vasito térmico, cierta expectativa ante una actividad desconocida e interesante. Pensé que mientras para él era su primer día de rodaje de Rambleras, para nosotros era último. Y se me ocurrió algo que hizo que me sonriera por lo ridículo. Continuar leyendo »

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